RELATO DE LOS SENTIDOS
Por Mercedes Ramos Hierro
Parece que fue ayer cuando sentía el fresco de la hierba en mis pies descalzos mientras esperaba la llegada del camión todas las tardes.
Lo hacíamos a diario, para podernos ver, ya que por motivos de los estudios habíamos cambiado este año de instituto.
Aquella tarde, aunque era principio de primavera, había llovido muchísimo, pero no lo parecía. Ya en el parque todo estaba precioso, los pájaros revoloteaban y el sonido de su canto hacía resonar en mis oídos a la vez con el murmullo de los niños jugando a lo lejos.
Yo daba paseos de un lado a otro cogiendo margaritas y mirando el cielo, deseando que fuesen las 5 de la tarde para que él llegase. Mientras disfrutaba de la fragancia de las flores tan especial que tienen en primavera.
Cuando de pronto miré hacia el carril donde él venía desde lejos y escuché el chirrido de su vieja bici y a él que me gritaba “Clara, ya estoy aquí”. Venía acalorado, sofocado, ya que llegaba más tarde de lo habitual. Cuando ya cerca de mi, todavía a unos metros, seguía gritando... “que te he dicho que estoy aquí”. Yo le contesté para tranquilizarlo: “Ya, ya te veo, tranquilo” Dejó caer su bici en el césped y se abrazó a mí. Yo me sentí llena de felicidad, me puse a acariciarle el pelo, me gusta. Tenía el pelo negro como el azabache y con un brillo que con el reflejo del sol se acrecentaba más. Así nos quedamos durante unos segundos.
Luego nos tiramos en la hierba y nos cogimos de la mano. Y nos pusimos a hablar de lo que habíamos hecho durante el día. De pronto hubo un pequeño silencio que él rompió diciendo: “Cari, ¿recuerdas a Pablo, ese chico que estaba en tu clase cuando hacías 1º? Sí, que es alto, rubio, delgado, bueno, el hijo del farmacéutico”.
“¡Ah, si! ¿qué ha pasado?”
“ No nada pero...¿sabes? sus padres se lo han llevado a estudiar afuera, al extranjero, porque dice que aquí no hacía nada y que él quiere que su hijo saque una carrera. ¿Sabes de quién me he acordado yo? De la chica que salía con él, ¿qué será de ella ahora? Si a mi me pasa esto y no te pudiese ver me daría algo”.
“Bueno Pedro, no nos pongamos dramáticos, vamos a vivir el momento, lo que pase mañana tendrá que venir”.
Y hablamos de todo... “¿qué me has traído?”, “hoy te tocaba a ti traer la sorpresa...” Todos los días traíamos un paquetito de sorpresa y teníamos que adivinar con los ojos cerrados. Siempre solíamos llevar algo de golosina. Aquel día cerré los ojos, abrí el paquetito y toqué algo blandito. Lo probé y estaba delicioso. Lo pude adivinar enseguida, porque me gustaba. Era una gomita de gelatina de sabor a fresa.
Cayendo la tarde nos despedimos y nos dijimos hasta mañana, que siempre sonaba como si fuese un mañana muy lejano, o como si no nos fuéramos a ver más.
Yo le acaricié la cara, se montó en su bici y vi cómo se alejaba. Yo me dirigí a mi casa que estaba justo detrás del parque. Así era sucesivamente todos los días hasta que terminó el curso. Sin pensar por un momento lo que nos iba a ocurrir. El padre cambiaría de trabajo y lo trasladarían a otro pueblo. De momento no nos pusimos muy trágicos, ya que era vacaciones y las pasábamos en el pueblo, pero cuando empezó el siguiente curso ya no nos veíamos. Sólo algunos fines de semana. Aunque nos escribíamos cuando no nos veíamos en los fines de semana, no sé si fue por el paso del tiempo o que ya nos fuimos haciendo adultos, pero no era nada como antes, todo se fue enfriando. Parecíamos dos extraños... y así se fue mi amor de adolescente.
Pero hoy, después de tantos años, cuando me vienen esos recuerdos, las sensaciones que sentía cuando él llegaba al parque...
Cómo las flores olían más intensas
Cómo los pájaros parecían cantar solo para mí
Cómo la hierba en mis pies pareció terciopelo
Cómo sus golosinas me parecían un gran manjar
Y cómo todo el parque lo veía precioso
Todo consecuencia de mi amor de adolescente.
Mercedes Ramos Hierro
Socia de la Asociación Onubense de Mujeres con Discapacidad LUNA
Asistente al taller de creación literaria.